Visitar el National Museum of African American History and Culture en Washington, D.C. no fue simplemente una excursión universitaria; fue un encuentro profundo con la historia, con la resistencia y con mi propia identidad.
Desde que entré, sentí que no estaba caminando por un museo común. Estaba recorriendo siglos de lucha, resiliencia, dolor y triunfo. El diseño del edificio, inspirado en las raíces africanas, ya anuncia que este no es un espacio neutral: es un espacio que honra, que recuerda y que reivindica.
El recorrido comienza en los niveles más profundos, donde se narra la historia de la esclavitud. Allí fue imposible no detenerme. Ver objetos originales, documentos históricos y, especialmente, las cadenas utilizadas para encadenar a personas esclavizadas fue impactante. No es lo mismo leer sobre la esclavitud en un libro que estar frente a esas cadenas reales, frías y pesadas, que representan sufrimiento, deshumanización y violencia.
Como afrodescendiente de esclavos africanos, ese momento me tocó profundamente. No era solo historia; era memoria. Era una conexión directa con mis ancestros. Sentí una mezcla de dolor, respeto y fuerza. Dolor por lo que vivieron. Respeto por su resistencia. Y fuerza porque, a pesar de todo, estamos aquí.
Uno de los nombres que más me impactó fue el del historiador John Hope Franklin. Su trabajo ayudó a que la historia afroamericana dejara de ser marginal y se reconociera como parte esencial de la historia de Estados Unidos. En la exhibición se mencionaba una historia que lo conectaba con orquídeas traídas de Hawái a Nueva York, un detalle que me pareció profundamente simbólico: como si llevara consigo no solo conocimiento, sino también belleza y memoria entre distintos espacios del país.
Pensar en su legado me recordó la importancia de contar nuestras historias con dignidad y verdad. La historia no solo vive en los libros; vive en la memoria colectiva y en espacios como este museo.
A medida que el recorrido avanza hacia los niveles superiores, la narrativa cambia: del sufrimiento a la expresión cultural, del silencio impuesto a la voz poderosa del arte, la música, la literatura y el activismo. La cultura afroamericana no solo sobrevivió: transformó el mundo.
Para mí, como estudiante de CUNY School of Professional Studies, esta visita fue más que académica. Fue personal. Fue un recordatorio de que mi negrura no es solo una categoría racial, sino historia viva, herencia y resistencia.
Salí del museo con gratitud, con preguntas y con un deseo aún más fuerte de seguir escribiendo, investigando y aportando desde mi propia voz. Porque conocer mi negrura es también honrar a quienes caminaron antes que yo.